La TT de Tuña me hizo sentir en la película de Mad Max. Estaba rodeado de hombres sucios de polvo negro, sudorosos, muchos malolientes durmiendo uno junto a otro en pequeñas furgonetas sin posibilidad de ducha. Algo así tenía que haber sido el campamento de una legión romana, hombres fuera del hogar, viviendo y sufriendo una aventura. En la conversación de cada uno de ellos siempre hay hueco para una batallita sobre el sufrimiento del día anterior.

El enduro se sufre. Un grupo de jóvenes que dormían en la misma cancha de baloncesto que nosotros parecía muy en forma. Por la mañana preparaban sus kamelback con agua y polvos isotónicos. Unas horas más tarde uno de esos chicos pedía ser rescatado: no tenía fuerzas para continuar con su moto. Poco después llegaba Juan a la meta, un hombre de 61 años, gordo, tosco y fuerte. Había vencido a los veinteañeros porque a Juan el dolor no le importaba, podía sufrir. Ni tan siquiera llevaba un kamelback.

El enduro se sufre. Pero entonces, ¿por qué lo hacemos? Cuando alguien te responde que le gustan las motos porque le hacen sentir adrenalina, muy posiblemente se trate de alguien que o bien nunca ha vivido la competición, o bien nunca se ha planteado siquiera por qué le gustan estos aparatos de dos ruedas. Es imposible sentir adrenalina saltando 20 metros con la moto si estas acostumbrado a hacerlo. Es imposible sentir adrenalina en una parrilla de salida si estás corriendo varias carreras al año. No es adrenalina lo que busca un piloto de carreras.
Creo que la principal razón de correr es el probarse a uno mismo, el reto personal o ganar carreras y esto está muy ligado a la autoestima. Ocurre en cualquier deporte y no explica totalmente por qué venir a sufrir. Hay una segunda razón que es la necesidad de ocupar un lugar en el mundo, un lugar en que eres aceptado. ¿Por qué hay ricos que siguen yendo a una oficina a resolver problemas que en verdad no les importan? Porque están en ese lugar del mundo en el cual son aceptados y reconocidos. Pero hay algo más, una tercera razón.

Adam Riemann dice que buscamos el Fight or Flight. Esto es, los pilotos buscamos volver a la esencia más básica de cualquier ser vivo, no pensar, no sentir, estar solo despierto y alerta para sobrevivir. Hay quien explica que al ponerse el casco olvida los problemas y su cerebro se silencia, su cuerpo se alerta y solo existe la acción-reacción a lo que está por venir. Sólo existe el ahora y todo lo demás desaparece. No hay pasado, no hay futuro, solo hay estímulos a los que reaccionar en milésimas de segundo. El motero piensa dentro del casco, el piloto no.
Esa ultra-consciencia del presente es lo que intenta conseguir la meditación. Es lo mismo que se consigue con el sexo. Es lo más similar a la existencia del resto de animales con los que compartimos este planeta. Es la gran cura de cualquier mente consumida por las facturas, el trabajo, el estrés, una pareja que oprime, una familia problemática. Son unos instantes regalados de vida en su estado más básico y también más puro. No lo sabemos, pero esto es lo que buscamos. De hecho, cuando la cabeza da vueltas, no podemos disfrutar del Enduro. ¿No os ha pasado? Queremos vivir.
