Hay un lugar en el mundo en que se atesoran nuestros sueños. Pero ese lugar fue algo más.
Ese lugar está rodeado de una verdadera jungla de asfalto. Podéis creerme. Autopistas de varios carriles y a diferentes alturas, humo de fábricas, un río al que se le ha dado un vientre de hormigón. Puentes, dos puentes: uno de ellos que parece solo conducir tuberías, el otro acarrea sobre él con coches humeantes en el verano japones.
Volvamos a España, a la España de los 90. Tuve una niñez muy bonita y todo ello se lo debo principalmente a mis padres y en particular a mi madre. En mi colegio se jugaba al fútbol, como en todos los de España. Yo nunca destaqué, y si lo hice fue por manta. Mientras unos se pasaban el balón yo creaba un mundo interior. Dibujaba y dibujaba. Imaginaba que volaba sobre una nube, que salvaba el planeta, que lanzaba bolas de energía, que me convertía en Súper Sayan.
Yo no creaba, yo imitaba. Mi mundo se construía procesando lo que alguien creaba a miles de kilómetros de distancia, en una isla del pacífico, en una jungla de asfalto en Kiyosu. Yo soñaba el mundo de Akira Toriyama.
Akira me regaló su mundo. Con cada cómic que él publicaba yo soñaba más y más. Dibujaba más y más. Quería crear mis propias historias, imaginar mi propio mundo. Desarrollaba mi creatividad, creaba una burbuja dentro de mi que nadie podía arrebatarme. Un mundo que era mío y de nadie más, un mundo en que nadie podía molestarme y en qué los goles de mis compañeros me parecían ridículos. Mi personalidad se hacía fuerte, nadie podría tocarme. Podía escapar a este mundo que estaba solo a mi alcance en todo momento, cada vez que suspendía los examenes, o cuando algo grave ocurría. Akira Toriyama había cavado una puerta dentro de mi que yo solo continúe escarbando.
Cuando Akira murió en marzo de 2024, muchos como yo se unieron en plazas de todo el mundo levantando las manos invocando la genkidama. El presidente de Francia Emmanuel Macron envió condolencias oficialds a la familia y todos supimos que tenía un dibujo original firmado – algo que posiblemente obtuvo cuando le dieron a Toriyama el rango de caballero francés. China mandó condolencias oficiales, y muchos otros países más. Akira no sólo me había tallado a mi. Había tallado a toda una generación.
Hay un lugar en el mundo que atesora todos esos sueños. Donde Akira creó ese mundo que nos causo tantas ilusiones. Una casa naranja que ilumina una jungla de asfalto y desde donde un japonés, tímido y arraigado a su tierra, forjó la forma en que somos.

Esa casa está en Kiyosu y yo me emocioné al verla el 7 de agosto de 2024. Una mujer llegó con un Suzuki amarillo, aparcó y entró dentro, bajo las letras que leían Bird Studio. Recordé que Akira había colgado un cartel de no molestar años antes, así que eso hice, mantenerme a una distancia prudente de la casa. Me incliné de la forma que hacen los japoneses, con respeto, y agradecí a Akira todo lo que había creado en mí. En ese momento volvió a abrirse la puerta y la mujer salió de nuevo de la casa, a tirar la basura y regar sus plantas. Yo permanecí en esa posición, ella me miraba. Imaginé que podía molestar, y sin decir nada cogí la moto y me marche de allí lentamente. Estaba emocionado y agradecido de haber podido ver aquella casa de color naranja donde Akira dibujo todo aquello que me había hecho soñar de niño. Allí se guardaban los comienzos de mi mundo interior y yo sentí que dejaba algo tras de mi con casa paso que daba para alejarme de ella.

No me pertenece el derecho de poder volver a molestar a aquella familia, pero si estoy contento de haber podido visitar aquel lugar.
