El verde Kirguistán

Nuestro segundo día en Kirguistán ha sido estupendo, de esos días por los que uno agradece vivir en este mundo. Justo pensaba eso cuando me han puesto la primera multa del día (12 euros) por cruzar una línea continua.

Hemos recorrido casi 300km, la distancia que separa Bishkek y Toktogul. Kirguistán es un lugar increíble: su paisaje te deja boquiabierto, con esos extensos valles amarillos y verdosos que acaban en gigantescas montañas nevadas. Sus gentes no dejan de sonreírnos, de repetir “welcome”, de acercarse a preguntarnos de donde somos, a donde vamos, cuánto cuesta la jodida moto (si, les encanta esta última pregunta).

Kirguistán es una gigantesca aglomeración de valles en los que el verde y el amarillo son los colores dominantes. Las carreteras son buenas, pero rectas, rectas hasta que empiezan a escalar por las grandes montañas, que serpentean como diablos. Entonces empiezan a subir, empiezan a subir, y de te encuentras a más de los 3.000 metros en cuestión de pocos kilómetros. La temperatura pasa de 40 a 15 C°, y esta no es la transición más brusca que vamos a vivir estos días, según parece. Los camiones sufren, huele a embrague quemado. Sus dueños los llevan con el capo abierto, cruzando los dedos por qué el camión no deje de subir esas interminables carreteras de montaña. Huele a polvo, a carretera destrozándose con el peso de esos pesados mártires de metal.

Sin embargo quitando las subidas y bajadas de estas montañas, el asfalto es bueno. De hecho es una carretera de peaje, que no hemos pagado y no porque nos hayamos escaqueqeado sino que el hombre que venía delante nos ha pagado el peaje a ambos: “welcome to Kyrgistan”.

Al llegar a la cima de las montañas, hay un llano lleno de picos nevados, de nieve y de yurks (unas tiendas tradicionales en las que sigue viviendo gente de forma natural mezclados con la naturaleza y los animales). Cruzamos un túnel lleno de polvo y mal iluminado y salimos a otro gran valle, un gran valle que podría fácilmente llamarse el valle de los yurks.

Miles de familias viven aquí, en esta llanura tras los montes. La mayoría se aglomeran rodeando la carretera, supongo que para tener un acceso fácil a sus casas. Los niños corretean felices, juegan al fútbol, al pilla pilla, pastorean caballos montados también a caballo. Los adultos se reunen para la comida en grandes mesas en el pasto. Sonríen, nos saludan desde todos los sitios. La escena es preciosa, la había visto en los documentales, pero no hay nada que te pueda mostrar la belleza de este lugar. Ni mis fotos ni mis vídeos podrán hacer justicia, es un lugar precioso, podéis creerme.

Subimos de nuevo, empieza a hacer frío y caen cuatro gotas. En verdad empezamos a estar cansados, ya queda poco para llegar a Toktogul. Paramos a estirar las piernas en un río donde dos niños se bañan por lo que me siento en una piedra y les hago fotos. Nada más saltar vienen corriendo a que se las enseñe, a la gente de aquí eso le encanta.

Solo una recta nos separa de Toktogul, una recta en bajada, vamos a 90km/h y… Nos manda parar un policía apuntándonos con su varita mágica. El límite era de 60km/h. Yo empiezo a bromear con ellos, a decirles que venimos de España, que se hagan una foto con nosotros. El más gordo se sube a mí moto y los otros le hacen fotos, es el jefe y nos va a salvar de una buena multa. Las cosas aquí son así, uno nunca sabe cuando le van a poner una multa los miles de policías que hay por todos lados, uno nunca sabe cuándo van a ser tan simpáticos de dejarnos pasar.

Llegamos cansados, con hambre y llenos de polvo a Toktogul, un pueblo entre grandes montañas y a orillas de un gran lago. Encontramos un hostel llamado Rahat Guesthouse, 7 euros con desayuno. Los hijos del jefe nos han recibido con las manos abiertas, tanto tanto que querían dar una vuelta en moto. Me he llevado al mayor, que temblaba de la emoción. Apenas podía subirse, estaba feliz, FELIZ. Y es que vaya a donde vaya, no se que pasa que todo el mundo quiere subirse conmigo a la moto. ¿Cómo es posible? Yo lo hago y bien contento, me encanta. Marlen ha disfrutado y yo también pues me ha llevado a una gran colina desde donde se veía toda la ciudad, un lugar increíble. Probablemente él no descubriera la belleza que yo veía en aquel paisaje, esa es la magia de que algo nos sea desconocido, nuevo e incluso pasajero. Yo le llamo la ilusión del viajero, la ilusión de que cualquier lugar es idílico cuando el tiempo que allí vamos a pasar es limitado, cuando somos viajeros, cuando estamos allí por puro placer. Definitivamente es una ilusión muy bella.

Pudimos ver la final del mundial en un “restaurante” local. Uno de los hijos del hostal, Davide y yo cenamos por 5 euros en total: tres jarras de cerveza, una botella de Coca Cola grande, dos botellas de té con fruta, un pan gigante, una ensalada de tomate y pepino, y cuatro pinchos morunos que aquí se llaman de una forma rara. Precios de Kirguistán.

Yo aproveche la final para hacer unos dibujos de los niños que les he regalado en la mañana, cuando aún solo sabíamos a medias lo que nos esperaba.

Nuestro tercer día ha sido duro, muy duro. Teníamos que cubrir 400km de camino a Osh, la capital del sur, donde se supone que nos esperan los papeles. En este viaje tendremos una media de 200km al día, pero para que eso se cumpla teniendo días en que solo visitaremos ciudades y dias en que no haremos más de 100km por la dureza del terreno, deben existir días como hoy.

El paisaje era bonito en la primera parte del recorrido, y se ha vuelto duro a medida que nos acercábamos a Osh, con más de 40°C. Hemos comenzado a ver tierras labradas, algo que no veíamos atrás donde los kirguisos vivían en yurks. Empezamos a ver menos nómadas, más mezquitas. Algo ha cambiado en la tierra, tambien en la gente. Para ello, tendria que hablaros de Kirguistán.

Las antiguas crónicas chinas y musulmanas hablan de los kirguisos como gente físicamente fuerte, de pelo rojo y ojos azules. Hoy día son asiáticos mezclados con arios, quizás Asia Central sea el único lugar en que puedas encontrar asiáticos rubios y de ojos azules. Vivían (y viven) en un lugar insolado por su situación geográfica entre grandes montañas, lo que convierte a Kirguistán en un valle fértil en mitad de la estepa. Su población era tradicionalmente nómada no reclamaba la tierra, no la cultivaba. Por estas dos razones los kirguisos han sido ocupados por multitud de culturas desde los turcos (göktürks), los budistas uyghures, los mongoles de Khitan, el Imperio Mongol, los uzbekos y finalmente por los rusos en 1876. Esta última invasión hizo que muchos kirguisos se movieran al sur hacia las montañas del Pamir e incluso hacia Afganistán y China. No obstante, fueron los rusos quienes distinguieron a los kirguisos como una región autónoma independiente en 1926 llamada República Soviética Socialista Autónoma Kirguisa y República Soviética Socialista Kirguisa en 1936. El país está desde entonces imbuido en una lucha interna por su propia identidad entre etnias rusas, turcas y kirguisas que han provocado cierta inestabilidad en el país
. En la zona donde estamos ahora, próxima a Uzbekistan el problema ha sido precisamente con los uzbekos, una etnia que en este lugar es más próspera que la etnia local. Son en mayoría musulmanes y controlan gran parte de los negocios. Su diferenciación se ha dado tradicionalmente en esa diferencia religiosa y en la necesidad de propiedad que los kirguisos no tienen, pues son (o eran) históricamente de carácter nómada.

Nuestro problema es otro muy diferente, no es étnico, es con ADV Factory. Los papeles de importación temporal de las motos tienen que llegar a Osh, donde estamos ahora. Sin ellos no podremos salir del país. De ello depende ahora nuestra ruta, pues quedarnos bloqueados aquí lo cambiaría todo. Dependemos de ellos y de su palabra, dependemos de la puta burocracia internacional que los humanos hemos creado al dibujar graciosas líneas en un mapa.

Y ya tenemos una respuesta ¡Mañana os cuento!

 

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