La bienvenida uzbeka

Los papeles de importación temporal de las motos nos habían retrasado en Bishkek, obligándonos a quedarnos allí un día extra y gastando uno de los tres días de comodín que habíamos preparado para cualquier eventualidad que pudiera surgir. Esperábamos esos papes al llegar a Osh, la capital del sur de Kirguistán. Sambor nos llamó en la noche de nuestro tercer día en Kirguistán y como era de esperar, los jodidos papeles no habían llegado, ni iban a llegar.

Tuvimos que perder un día más en Osh, un día más sin movernos, visitando una ciudad cuyo único atractivo es un típico bazar y una estatua cochambrosa de Lenin. Teníamos una piscina en el hotel Nuru, pero, ¿habíamos venido a Kirguistán a remojarnos en una piscina kirguisa?

La noticia fue un mazazo a nuestros planes pues nos obligaba a gastar dos de los tres días de comodín que teníamos. Teníamos que replantear la ruta y decidimos que en cuanto estuvieran los dichosos papeles nos dirigiríamos al Pamir y no a Uzbekistán como habíamos pensado anteriormente. Debíamos eliminar la incertidumbre de la única parte peligrosa del viaje lo antes posible: la incertidumbre del Pamir, del corredor de Whakhan.

Sambor llegó en la tarde del día siguiente con un grupo de motoristas preparados para explorar Marte, y los papeles no venían con él. Los traía un kirguiso sudoroso y escuchimizado (así lo imaginé yo) que conduciría toda la noche para que estuvieran a la mañana siguiente, la mañana del quinto día. Así perdimos un nuevo día en la maravillosa Osh, soñando con un trozo de papel. Pero las cosas no acabaron allí, los papeles llegaron, pero solo nos permitirán una cosa: entrar a Uzbekistán. No podíamos rehacer nuestra ruta e ir al Pamir.

Aquí fue donde Sambor nos ayudó, donde compensó todos los problemas que habíamos tenido con los papeles que en realidad nunca fueron culpa suya. Le debemos mucho a ADV Factory, no puede culparseles de nada pues los papeles tardaron por culpa del nuevo procedimiento de fronteras kirguiso.

Sambor, quien ha viajado cientos de veces por esta región en moto, nos rehizo la ruta, nos recortó ineficiencias y nos añadió lugares que solo él como guía conoce. Sambor nos hizo un gran favor y nuestra ruta en los siguientes días, es impresionante ahora. ¡Pero poco a poco!

Con nuestros papeles para Uzbekistán, a eso de las 10:30 llegamos a la frontera de Osh-Andijan, allí había una multitud agarrada a las verjas para esperar pasar a Uzbekistán, eran cientos de personas esperando bajo un sol que les derretía poco a poco. El termómetro superaba los 40 grados centígrados y aquellos hombres, mujeres y niños llevaban horas esperando, con bultos a sus espaldas. Esa es la frontera cada día del año.

Entonces los policías nos vieron, nos llamaron y nos mandaron pasar. Éramos dos europeos, intocables, teníamos prioridad. Esos guardias consideraban que nuestro tiempo era más valioso que el de aquellos uzbekos y kirguisos que nosotros no merecíamos el castigo del sol. No merecíamos esperar aquella cola infernal de varias horas entre jaulas de metal. Repito, jaulas de metal.

Cruzar nos llevó dos horas y media, y mucha conversación sobre el Real Madrid del que no conozco más de dos jugadores. El tema me cansa y no me gusta el fútbol, lo aborrezco, pero hay una cosa cierta: los jugadores de fútbol y Nadal son nuestros mejores embajadores. En todo el mundo se conoce España gracias a ellos, vayas donde vayas, por recóndito que sea el sitio la gente reconoce a Ramos, a Cristiano Ronaldo y a la madre que partió a ambos.

Estábamos en esa conversación de mierda sobre fútbol cuando se abre una gigantesca puerta de metal a lo lejos que la multitud la ha abierto para entrar en estampida. Los guardias corren a cerrarla y empiezan a repartir mamporrazos sin ninguna medida. Nunca he visto algo así, las mujeres se levantaban apresuradas y recogían sus cosas sin mirar a los guardias.

– ¿Por qué cruzan tantos y tan cargados de cosas? – pregunto a un guardia tras ver un hombre cargando una nevera.

– Tienen una buena razón – responde sonriente y haciendo con la mano el signo universal del dinero – las cosas son más baratas en Kirguistán, las compran y las venden de vuelta en Uzbekistán.

Más pases de frontera, más dinero, aunque esto suponga pasar el día al sol y ser tratado como un animal.

Esto es el mundo y la realidad de una frontera entre dos países como Uzbekistán y Kirguistán. Esta es la realidad del mundo para un no europeo, está también es la realidad del mundo en la que nosotros vivimos; nuestra burbuja. Nuestra perspectiva de la simpleza o dificultad de las cosas, ¡qué complicado es cruzar una frontera!, ¿verdad? Tengo la sensación de ser muy poco consciente del mundo en que vive la mayoría de los seres humanos que como yo vive en este mundo. Los mil mundos son innegables, por mucho esfuerzo que hagamos en creer que somos conscientes de las realidades ajenas, no lo somos. Al menos yo lo soy, si soy honesto conmigo mismo.

Dejemos eso por ahora. Volvamos al viaje. A la una hemos entrado en Uzbekistán bajo un sol de espanto. La primera sensación es de cambio real: huele a islam, la población pasa de tener rasgos asiáticos a ser más parecidos a los árabes.

Pasamos Andijan, lugar conocido por su histórica matanza en 2005, y llegamos a un pueblo fuera de ruta, Shakhrikhan, con la intención de intercambiar dinero. Créedme nunca he visto algo igual, nada más parar nos rodean no menos de 100 personas. Todo el pueblo estaba allí: no habían visto nunca un turista me dice uno que habla inglés.

Intentamos mantener la buena cara, estamos deshidratados tras la frontera. Un niño se acerca y me dice que vaya a su escuela, que están dando inglés y quieren que les hable de España, me dice que todo el mundo en su colegio está esperándome … ¿A mí?

Sigo al niño y me lleva a un colegio en el que entró hasta una pequeña clase de no más de 5 niños y la profesora no deja de sonreír. Ahora yo me siento como Cristiano Ronaldo y no exagero. ¡Que sensación más incómoda! Me traen agua pues estoy pálido, y empiezo a hablar de España, de la ruta de la Seda y de lo buenos que son todos con nosotros. Me cuesta irme, creedme. Nunca había visto semejante comité de bienvenida, ni para el rey ni mucho menos para mí.

Con mucho esfuerzo conseguimos abandonar el lugar y Davide nota su retrovisor flojo: tanta gente apoyada y tocando la moto lo ha aflojado. Mientras lo arregla en un camino alejado de la ciudad me paro a ver cómo se bañan unos niños en un pequeño canal de agua. Se ríen y salen corriendo, la inocencia de la infancia. Saco la Polaroid e intento hacerles una foto sin conseguirlo pero cuando ven como la primera copia sale impresa se ponen todos a posar para una foto. ¡Que fácil es hacer sonreír a estos niños con una simple Polaroid!

Continuamos por la carretera y nos encontramos en el valle de Fergana. ¡El famoso valle de Fergana!

De eso os hablaré mañana, no quiero cansaros por ahora. Solo recordaros algo: en época de la Ruta de la Seda se dice que las ciudades competían por ser consideradas las más hospitalarias lo que llevaba a muchas a financiar estancias o fuentes con los impuestos de la propia población, para acoger a los viajeros que recorrían la Ruta de la Seda. Seguramente queda algo en estos hombres que les hace ser los países más hospitalarios en los que nunca he estado, más que ningún otro y podéis creerme.

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