De los Grimaldi y la perdición de Aníbal

Amanece con olor a mar y me da la sensación de estar de vacaciones. Pero no, yo no estoy de vacaciones yo estoy haciendo una tontuna como una casa ya que mi objetivo ed llegar a Balcanes en moto. Así que me pongo en marcha no sin antes desayunar huevos, bollos, leche, pan con nutella y todo lo que me entra en el cuerpo a las 8 de la mañana. Ayer salí a correr por la playa y tengo un agujero en el estómago.

Me dirijo hacia Niza sin ir por el peaje, por lo que tengo que cruzar Cannes y Antibes sin ver ni un sólo trozo de campo entre ciudad y ciudad. La costa está masificada hasta tal punto que los edificios parecen apilados unos encima de otros sin apenas dejar hueco a las calles, que suben bajan, se cortan y de repente no sabes ni a donde vas. Agobia, venir aquí de vacaciones es dejar de pelearte con tu jefe para hacerlo con los vecinos. ¿Y por qué voy por aquí? Por una buena razón, porque por aquí se coge la carretera que lleva a Èze que es la escena típica de postal de la costa azul. Los Alpes llegan hasta el mar haciendo pasar la carretera por unas zonas de vistas increíbles. Es una carretera que vuela sobre el mar y me hace pararme en el arcén cada bien poquito.

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Con estos panoramas el camino a Mónaco se me hace bien corto y de hecho entro sin apenas darme cuenta. La primera impresión que me da Mónaco es de ser una ciudad de calles pequeñas que suben y bajan llenas de tráfico. Es tan agobiante como sus vecinas. La diferencia radica en su bahía llena de yates y rodeada por el casino y la parte vieja amurallada justo enfrente de la famosa Montecarlo. Me bajo en el casino y paseo un rato. Observo que hay tres clases de personas: los turistas, los ricos y los trabajadores de los ricos. Los turistas son un grupo más grande del que uno podría imaginarse, no paro de ver chinos haciéndose fotos con Ferraris. Entre los ricos destaca una familia, la familia Grimaldi con el actual Alberto II de Mónaco a la cabeza. Estos genoveses son los dueños y señores del principado desde 1297 y son el más claro ejemplo de familia italiana que se enriqueció tras el fallo de las Cruzadas en Jerusalén (desde entonces son ricos estos tíos). Para entender la riqueza de esta gente y la existencia de Mónaco uno debe primero entender que hace 1.000 años Europa no era rica y no lo fue hasta después de que se descubriera América. Las grandes ciudades del mundo estaban en lo que es hoy Asia y Asia Central por donde pasaba la Ruta de la Seda (¿sabéis que Bagdad era la mayor ciudad del mundo y la más lujosa allá por el año 1.000?). Por esto y otros motivos religiosas los cruzados tomaron Jerusalén en el año 1.099 hasta que Saladino les echó a patadas 100 años más tarde (1.187) dejando a los europeos sin acceso terrestre a la Ruta de la Seda. Algunos espabilados como los Grimaldi y otros muchos otros en Génova, Pisa y Venecia se hicieron ricos a base de usar sus barcos para el comercio por mar hasta estos lugares. Este es el secreto de la riqueza de Mónaco y de la riqueza que tuvieron las otras ciudades que os menciono.

Bueno, historia aparte yo aprovecho a dar una vuelta al circuito de F1 de Montecarlo que ya están comenzando a montar ya que la carrera es el último fin de semana de mayo.

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A lo tonto a lo tonto se me han ido cuatro horas en Mónaco, y tengo que correr un poco si quiero hacer la ruta por los Alpes que tengo planeada.

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Nada más salir de Mónaco empiezo a subir por la montaña y en pocos minutos estoy curveando como un loco. ¡Necesitaba esto! Empiezo a ganar metros y a perder grados en el cuerpo, empieza a hacer más frío. La montaña me hace pasar por varias gargantas que me recuerdan al Todra en Marruecos.

Paro a hacer fotos y dejo el trípode grabando en el arcén, y cuando voy a quitar la pata de la moto me quedo enganchado. ¡Toma! Me quedo en una posición absurda que como me mueva un poquito me caigo rodando con la moto. ¡La posición es ridícula! Me quedo sin moverme esperando a ver si viene alguien pero la pierna se me está cansando. Al fin aparece un coche y le hago señas de que pare. Es un chico joven con la novia y se descojonan al verme. Me ayudan y puedo continuar. Que idiota…

En cosa de 1 hora y media hago 60km así que dejo de grabar y continúo. Llego a un túnel y todo el mundo esta parado. Arriba hay un reloj que dice que no se puede pasar hasta dentro de 17 minutos…me paro a hablar con un motero que después de los 17 minutos me estaba invitando a dormir a su casa. No, no, yo quiero seguir.

Cruzo a Italia y entro en el Piamonte, una llanura preciosa a los pies de los Alpes. Es muy colorido y a todos lados se cultivan unas flores que no se muy bien lo que son. Un motero me para y me invita a un café. Se llama Vins y es policía. Quiere visitar España en moto y le digo que cuando venga estará invitado. Es un tío muy muy simpático. Me ha dicho que me ha parado porque vio que viajaba solo. Yo siempre digo que viajando sólo te mezclas de verdad, te metes en el viaje.

Desde aquí veo el col de la Traversette, el lugar por el que pasó Aníbal con sus elefantes en su viaje a la conquista de Roma hace ya más de 2.000 años.

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Partió de Cartago (Cartagena) y al tomar Sagunto y cruzar el Ebro (frontera entre Roma y Cartago) hizo que un ejercito romano se dirigiera a Marsella para esperarle. Él les esquivó pero con ello tuvo que meter a sus 37 elefantes y 40.000 hombres vestidos de finas ropas de lino a cruzar los Alpes en octubre. Murieron la mitad de sus hombres, 36 elefantes y el propio Aníbal perdió un ojo. Como dato curioso el elefante que sobrevivió se llamaba Sirio. Se dice que fue uno de los mejores generales de la historia, yo creo que tras un episodio como este no lo era, y el hecho de que estuviera 15 años a las puertas de Roma sin atreverse a entrar dice mucho. La historia sin embargo le pinta como tal, la historia que escribieron los historiadores de Escipión, su enemigo, que haciéndole grande a él hacían aún más grande a este general romano que le venció. En cualquier caso, yo quería venir al Col de la Traversette ya que recientemente se ha descubierto que fue aquí por donde pasó y no por donde decía Tito Livio.

Con estas historias de abuelo cebolleta recorro el Piamonte, precioso al atardecer, y llego a Turín donde un amable esrilanqués, vecino del bed and breakfast donde me hospedo, me ha dejado aparcar en su propia plaza de garaje. En fin, viajar sólo es lo que tiene.

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