Canciones de libertad

Al día siguiente me levanté de nuevo en Salé en la “vivienda aleatoria” que Mohamed le había construido con sus propias manos a su familia, algo que el me transmitía con gran orgullo. Ayoud y yo dormíamos en la planta de arriba, donde Mohamed había construido una pequeña sala de estar marroquí y un otro baño – este como el de abajo consiste en un agujero en el suelo y un grifo de agua que sirve para llenar un cubo. La habitación superior se comunica con la parte inferior de la casa por una escalera plegable de metal y un agujero que se tapa con una plancha de plástico translúcido.

Cuando me desperté me quedé recostado pensando, escuchando la respiración de Ayoud que dormía plácidamente en el sillón de al lado. Se oía una ligera lluvia mezclada con los cacareos de las gallinas del vecino de Mohamed. Se estaba bien, se estaba en calma.

Mohamed subió a despertarnos e indicarnos que el desayuno estaba listo. Bajamos para descubrir una ingente cantidad de comida una vez más, que incluía fruta, pan, mantequilla y mermelada y aquellos típicos crepes marroquíes cuyo nombre he olvidado. Tras el desayuno jugué con Abdrahime con el balón que yo le había regalado, y unos minutos más tarde Mohamed me invitó a pasear con el por Rabat.

Para llegar a Rabat desde la casa de Mohamed uno debe cruzar la antigua fortaleza pirata de Salé. Sus murallas hoy protegen unas pocas viviendas, un campo de fútbol, un descampado y un pequeño cementerio que acomoda cristianos y musulmanes por igual. Una vez cruzamos las murallas llegamos al Bu Regreg, el río que separa Rabat de Salé. Allí veo por primera vez Rabat desde Salé, coronado por la imponente Kasba de los Udaia, fortificada por la belicosa tribu árabe del mismo nombre que más tarde ayudaría a la fundación de la republica pirata del Bu Regreg. Dentro se que se encuentran calles andalusíes construidas por aquellos hombres musulmanes que la España medieval expulsaba de la Península.

Gracias a unas barcas de remo cruzamos el río para pisar Rabat. Desde allí recorremos el camino hasta la torre Hassan, un intento del sultán Yaqud Al-Mansur de construir en el siglo XII la mezquita más alta del mundo (la obra quedó a medio hacer acabando en una torre de 44 metros en lugar de los 60 que pretendía el sultán). En el mismo recinto – que encontramos cerrado – se encuentra el mausoleo de Mohamed V, el padre de rey actual.

Durante el paseo Mohamed y yo charlamos, él en francés y yo en español. De nuevo nos damos cuenta de que no es necesaria una lengua común para entendernos. Mohamed y yo nos hemos entendido de esta forma desde la primera vez que le conocí hace ya tres años. A pesar de esta pequeña dificultad he tenido el lujo de conocer a un gran ser humano, al que aprecio y admiro con devoción.

Llegamos a casa a comer y la.familia ha preparado una gran comida de despedida. Parece que marchamos a dar la vuelta al mundo cuando en realidad el Sáhara tan solo se encuentra a unos escasos 500km al sur de Rabat. Hoy viajaremos a Meknés – me niego a usar la palabra Merquínez – donde nos espera la familia de Mohamed y Ayoud.

Marchamos por la carretera y en cosa de hora y poco recorriendo unas buenas carreteras entre un paisaje verde y lluvioso llegamos a la ciudad amurallada que el sultán Mulay Ismaíl hizo crecer a base de expoliar el mármol de la cercana ciudad romana de Volubilis – uno de esos rincones de Marruecos junto con Essaouira que me resisto a visitar para siempre tener una excusa por la que visitar el país. La ciudad tiene frente a sus murallas una pequeña versión de la plaza Jema el Fna de Marrakech donde pasaremos cerca de una hora antes de cenar y dormir en la kashba de Meknés con la tía y la prima de Ayoud. Este me cuenta lo incómodo de la vida de estas mujeres, viuda y huérfana respectivamente del tío de Ayoud y que por este motivo son acosadas continuamente por hombres que llaman a su puerta en busca de sexo. Esta es la tremenda maldición de ser mujer en Marruecos, una realidad de la que más tarde seríamos más conscientes si cabe…

A la mañana siguiente marchamos en dirección al desierto tras desayunar en un puesto local por seis dirham cada uno (sesenta céntimos de euro). Ayoud me dice que alguien puede, de forma muy humilde comer en Marruecos por dos dirham al día, algo que hace posible vivir con 1.500-2.000 dirhams al mes (150-200 euros) a un taxista medio como su hermano Mohamed. Más tarde sabríamos que un militar gana unos 2.000 dirhams al mes y que un profesor de universidad gana unos 5.000.

Para llegar al desierto debemos cruzar las frías montañas de Azrou, hogar de unos monos muy queridos por los turistas (traídos desde la zona de Rabat de donde son originarios) y la extensión del hamada, el árido Sáhara rocoso que empieza en Midelt. Allí en Midelt, tierra de fósiles que recuerdan el tiempo en que el Sáhara contenía el gran mar de Tetis, paramos a comer. Pido wifi al camarero y escribo a Moha, aquel simpático bereber que conocí en el Sáhara tres años atrás. Por alguna casualidad que solo el destino sabrá Moha contesta al instante: está en Midelt y viene a vernos.

Por una casualidad que solo Moha y yo sabremos Moha se encontraba de paso en Midelt, tal y como lo estábamos nosotros. Este viejo zorro del desierto fue un gran compañero de viaje en 2016 y realmente me alegra encontrarle. Moha es alguien que son recursos llegó a hacer lo que quería: vivir viajando, viajando por Marruecos y para ello se hizo guía turístico a base de mucha maña y rapidez mental.

Compartimos historias durante un rato pero llega el momento de marchar. Debemos acelerar el paso si queremos llegar a Merzouga de día. Las siguientes 3 horas y 45 minutos no pararemos hasta alojarnos en un hotel, no de mi gusto llamado Le Petit Prince que es el único asequible cerca de las dunas. ¡Cuánto añoraréa Kashba Erg Chebbi a la que no pudimos ir! Pero hemos llegado al desierto, ese desierto que tanto he recordado. Por alguna razón que desconozco amo el Erg Chebbi, amo esa abundante masa de arena roja que linda con Algeria. Mi alma se funde con ella, me siento feliz al contemplarla, al pisarla. Dejo corretear la arena entre mis dedos mientras aspiro el aire del desierto, escucho la noche jalonada de estrellas – hay tantas que apenas se distinguir las constelaciones. De pronto escucho música, es música saharagüi. Me acerco a Ayoud a quien había pedido unos minutos de soledad y le digo que me siga hasta donde suena la música. De repente vemos que una sombra se acerca escalando la arena con gran agilidad. Es un chico cubierto por un pañuelo azul.

– Marhaba – dice sonriendo. “bienvenidos”

Son un grupo de música de Dades, duermen con sus tiendas en el desierto, rodeando una hoguera. Han ido al desierto a inspirararse. Dedican una canción a Alá, otra a un padre pedido pero el resto son canciones a la libertad.

– Freedom – sonríe uno de ellos.

Tras tantas odas a la esclavitud escritas en la ciudad hoy he venido al desierto a escuchar canciones de los imazighen*, he do escuchar sobre la libertad.

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*Imazighen es el nombre que se dan los bereberes a sí mismos: “hombres libres”.

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