¿Soy motero? Que más da, vamos a Escocia

Cuando uno empieza un viaje en moto, sabe que el primer día es de tirada. Sabes que te vas a pasar varias horas en una autopista recta y a velocidad constante, aburrido como ostra. Suerte que el casco sea un lugar inmejorable para pensar.

Esta vez yo no venía pensando gran cosa. Venía preguntándome: ¿soy motero? La verdad es que no me considero motero. Creo que aquellos que hacemos enduro o motocross no nos consideramos moteros. De hecho, nos vemos más parecidos al surfista o al rider de BMX, que al motero. Si, quizas sea “rider” el anglicismo que nos define. De cualquier modo, ya no creo que yo pueda llamarme rider, deje de entrenar hace ya varios años.

De todas maneras: ¿Qué es un motero? ¿Hay una sola clase de motero? No lo creo. Aquellos que salen en una R tienen poco que ver con los geseros (inclúyase aquí todas las motos de astronauta por el estilo), y poco que ver con los chopperos. Los primeros buscan las curvas, la adrenalina. Aquello que otros preferimos buscar en las carreras y en los circuitos. Los geseros parecen buscar el curveo de una moto, pero sin dejar la comodidad típica de ir en un coche. Nunca he entendido el llevar un parabrisas cuando se va en una moto, no se cuál es el sentido de ello. Mucho menos de llevar calefacción o incluso un aparato de música. Simplemente no va conmigo, eso no es ir en moto para mí. Por último están los que quieren ir en cacharros que corren poco, torpones y propensos a dar problemas. Cualquier pretensión de correr con estos trastos es pura fantasía.

Yo no creo encajar en ninguna de esas categorías. Me encontré con las motos de carretera por primera vez en Toscana. Yo tan solo necesitaba un vehículo para viajar de pueblo a pueblo, nada más. Esa era la función de la moto. Yo quería viajar, y en cada viaje que he querido hacer en moto, lo primero que quería era viajar. La moto ha sido algo secundario siempre, quizás el único medio de transporte que entiendo. No entiendo un coche, no entiendo qué se busca cuando se viaja del punto A al punto B, con prisas y convirtiendo todo lo que hay entre esos dos puntos en un puro trámite. No va conmigo, simplente. Yo viajo, y viajo en moto. Punto.

Ahora que me doy cuenta… Quizás el querer disfrutar de lo que hay entre el punto A y el punto B sea lo que tienen en común todos los moteros. En ese caso, puede que sí sea motero. ¡Qué más da!

Ha dejado de llover, quizás ahora pueda escribir algo menos criticón y refunfuñón. He llegado al muro de Adriano, ese lugar que nos recuerda que la frontera entre Inglaterra y Escocia ya la inventaron los romanos. No es algo nuevo. Los escoceses han tenido realmente poco que ver con los ingleses, dos pueblos ahora unidos que tienen un pasado (e igual un futuro) bastante complicados.

Cincuenta mil tropas romanas, una octaba parte del ejército imperial, ocuparon Britania bajo el mando de Julio César a principios del siglo primero. Ochenta años más tarde, el norte aún no había sido conquistado. A pesar de la victoria imperial en el monte Graupius (actual Escocia) en el año 84, el norte nunca llegó a pasar a manos romanas. Los romanos llamaban Caledonia a esta región norteña en la que vivían los pictos (pintados) y los dal-Riata (celtas descendientes de los irlandeses).

Cansado de tanta guerra sin ningún resultado, un emperador de origen Hispano llamado Adriano, nacido cerca de la actual Sevilla, decidió aislar a estos pueblos. El muro se comenzó en el año 122 y llegó a medir 118km. Su principal objetivo no era contener el movimiento de personas, pues eso habría sido imposible, sino cobrar tarifas comerciales en la frontera norte de Britania. Era una aduana más que una muralla en sí misma, era una forma de excluir económicamente a los rebeldes norteños.

Entrando en Escocia y viendo esas casas rodeadas de tierras verdes y pobladas de ganado, me imagino al pastor Caledonia de turno pensando, “qué idiotas sois levantando ese murito, romanos.” Las fronteras y sus significados, ya sabéis.

El caso es que el tema de una Escocia independiente de los ingleses ha estado allí por siempre. No es nada nuevo, no es fruto de una moda progre. Es un sentimiento comprado a base de transferencias a favor de Escocia – ya se sabe cómo funcionan estas cosas, mientras pagues, inglés, haremos como que mandas (¿Os suena?). Y aún así, en 2014 el referéndum pactado con Inglaterra tuvo un resultado relativamente igualado. Los escoceses no saben si quieren compartir bandera con sus vecinos del sur. Yo no sé si soy motero. Y que más da. Lo importante es que estamos de viaje, lo importante es que hemos entrado a Escocia.

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